16 de noviembre de 2012

Ernesto Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012


La persona
más proxima
a mí

eres tú
a la que
sin embargo

no veo
hace tanto tiempo

más que en sueños.
Ernesto Cardenal


Imagen del poeta disponible en: http://www.google.cl/imgres?um=1&hl=es&sa=N&biw=1440&bih=799&tbm=isch&tbnid=WmndPErODbbBLM:&imgrefurl=http://www.elnuevodiario.com.ni/nacionales/71109&docid=CGoGQtQKz4wUrM&imgurl=http://photos.end.com.ni/2010/03/639x360_1269586671_ERNESTO%252520CARDENAL%2525206.jpg&w=639&h=360&ei=tWGmUIeVD4uw8ASS9oHgBQ&zoom=1&iact=hc&vpx=200&vpy=501&dur=674&hovh=168&hovw=299&tx=197&ty=73&sig=104223697592894027429&page=1&tbnh=147&tbnw=259&start=0&ndsp=30&ved=1t:429,r:16,s:0,i:130

Participación en Seminario de Literatura Infantil de la Universidad de las Américas

Durante la realización del Primer Seminario de Literatura Infantil: el desafío de los nuevos lectores, presenté la ponencia
Encantamiento poético en la infancia: dimensión lírica y reflexiones pedagógicas
en torno a La ladrona de lágrimas de Carol Ann Duffy

Cristián Basso

Parte de esta intervención es el fragmento que viene:


Desde la infancia, compartimos con el lenguaje una relación natural de descubrimiento permanente. El asombro de existir anima nuestra curiosidad intuitiva, que va sumando realidades nuevas gracias a la palabra recibida del entorno inmediato en el que nacemos, y desde la cual surgen múltiples “vías de encantamiento” que enriquecen la imaginación y ofrecen respuestas lúdicas a nuestro reciente “estar en el mundo”. Así lo evidenciamos en la literatura infantil clásica y lo reafirmamos también en las actuales tendencias literarias destinadas principalmente al público infantil, en particular en aquellas en que la presencia de recursos poéticos motivan la construcción de personajes y narraciones de admirable creatividad, tal como ocurre con La ladrona de lágrimas de Carol Ann Duffy, relato originalmente escrito en lengua inglesa, con bellísimas ilustraciones de NicolettaCeccoli, y publicado en español en 2010.

La autora de esta singular historia de trasfondo lírico nació en 1955, en Glasgow, y actualmente imparte clases de poesía en la Universidad de Manchester, pues su oficio principal es la escritura poética, arte que cultiva desde los once años, estimulada en la escuela por sus profesores de lengua. En esta época comenzará una producción literaria valiosa e ininterrumpida hasta hoy. En 2009, fue reconocida como Poeta Laureada de la corte de la reina Isabel II de Inglaterra, honor que le ha exigido –no sin provocar más de alguna crítica entre sus pares poetas- escribir poemas por encargo, destinados, por ejemplo, a conmemorar la muerte de los dos últimos soldados ingleses que combatieron en la Primera Guerra Mundial, o a referir, como motivo lírico, las consecuencias nefastas del cambio climático que sufre el planeta, o recordar la catástrofe producida por las cenizas de un volcán islandés, o dedicar sus versos a las víctimas del VIH SIDA. También sus poemas deben fijar en el tiempo las celebraciones de la familia real británica, razón por la que incluso escribió un poema con ocasión de la Boda Real entre Guillermo de Cambridge y Catherine Middleton. Pero estas son tareas de la Poeta Laureada, que además ha obtenido los premios T. S. Eliot Prize, Costa Book Awards, entre otros. Su obra literaria viene proyectándose desde los setenta, a través de publicaciones de poemarios, obras teatrales, guiones para radio y relatos infantiles. Entre ellos, La ladrona de lágrimas cuenta con especial estimación por parte del público lector infantil y adulto.El argumento se construye en torno a la ladrona de lágrimas, un personaje invisible, mítico, conocido por los niños y niñas a través de la voz de sus padres, “silenciosa como el humo” y “discreta como una nubecilla de vapor”, que al anochecer recorre la ciudad encaramándose en las copas de los árboles y saltando entre los tejados de las casas para cumplir un objetivo especial, un trabajo único, diferente: recoger las lágrimas de los niños que lloran por diversos motivos, con el propósito de cargarlas en un saco impermeable para alimentar con ellas el brillo de la luna.
“-¿Ves?- dijo la madre-. La ladrona de lágrimas acaba de pasar por aquí.
Entonces, madre e hijo rompieron a reír”
(Carol Ann Duffy:  La ladrona de lágrimas, Vicen Vives, 2010)

Esta tarea iniciática del personaje contiene elementos líricos que configuran una atmósfera narrativa tenue, que tiene lugar en un paisaje urbano, de claroscuros, en los que el narrador presenta la trama con la delicadeza y la evanescencia del llanto, provocando un efecto estético inquietante, que se aviva cuando se aleja el ruido citadino para crear las condiciones que requiere su aventura, aspecto que consigue el narrador recurriendo a palabras del repertorio romántico: burbujas, aire, gotas, lluvia, nieve, suavidad, pena, noche, lágrimas. Esto es, términos alusivos a lo que nace y rápidamente deja de existir, como mecanismos de acercamiento al misterio, sin la intención de dilucidarlo para no extinguir la magia.

A la vez, la trama alcanza grados de verosimilitud que el niño lector implícitamente pacta con el texto. Por ejemplo, cuando el personaje logra su cometido al calmar el llanto de los pequeños, “porque a la ladrona de lágrimas el único sonido que le interesaba era el que hacían los niños al llorar”. 

Todo está formulado a través de un lenguaje poético directo, sinestésico, en el que abundan comparaciones, imágenes y metáforas que enriquecen la expresión y propician el espacio óptimo para que deambule por la ciudad buscando lágrimas de infantes.

Para Ivonne Bordelois, recurrir a la palabra “infante” es injusto, porque in-fante significa etimológicamente “que el niño no puede o no sabe hablar”, condición que se contrapone con su experiencia de inquieto hablante que poetiza el entorno desde los primeros balbuceos, gruñidos y bisbiseos, algo que para los poetas dadaístas constituía un acto poético esencial que antecedía al origen de la palabra, un contacto vital que hila el lenguaje y articula el misterio de la poesía en una suerte de “estado embrionario”, en el que se encontraría un estado puro de lo lírico. Por ello, cada vez que nacía un niño, ellos lo visitaban para tomar nota de sonidos primigenios, casi una técnica auditiva de futura inspiración lírica.

Dicho interés se asocia con este relato en cuanto a su enorme fuerza rítmica, ya que uno de los sentidos que más estimula su lectura es el auditivo: se oyen conversaciones de familias, “ruidos que hacían quienes preparaban la cena”, el vaivén de las cortinas. A la par, la atmósfera ofrece “deliciosos aromas de sopas y guisos, carne asada y pastel de almendras”, sumado al aroma de las cebollas, su alimento predilecto. No es de extrañar este uso, que responde a lo que Sylvia Puentes de Oyenard sostiene: “el niño juega con las palabras, las repite, las cambia, les da otra acepción, las transforma y en ese caracoleo de vital trascendencia tan solo busca el placer auditivo” (Puentes: Poesía del absurdo).

Los elementos poéticos presentes en este relato son variados. Desde el título, la historia misma parece el alargue de una gradación que desdibuja la acción mediante el desarrollo de la aventura: la descripción del personaje es ilustradora de su fragilidad, de su estar y desaparecer como rutina: “la ladrona de lágrimas era invisible, pero si alguien miraba hacia un charco justo cuando ella pasaba por delante, podía verla reflejada en él”, o bien se patentiza cuando el narrador detalla que “tenía el pelo blanco, corto y en punta, y unos grandes ojos grises”. Pero ella, en su discreta vagancia, se transforma en mito urbano que los niños creen sin cuestionamiento, un detonar mágico que recupera el estado anímico alterado por una rabieta, un capricho o una pena.

Ella, cada vez que aflora el llanto, visitará las casas de la ciudad donde habitan niños. Una ciudad que se alista a bajar el volumen del ruido cotidiano, es decir, cuando el ambiente se ilumina de farolas, de luces de lámparas que se prenden y apagan en cerradas habitaciones, o un automóvil que pasa de pronto, o el humo oscilante que emerge de algunas chimeneas. La calma de una ciudad que se apronta a dormir mientras que en las pozas que ha dejado la lluvia pueda advertirse el veloz recorrido de la ladrona de lágrimas.