16 de noviembre de 2020

"Amor insecto: Las dependencias de la afectividad" (Reseña de Nicolás Poblete Pardo en Revista Cine y Literatura)


El poemario del autor chileno Cristián Basso Benelli (publicado por la editorial bonaerense Caleta Olivia, en 2019) es una bella obra plástica y literaria, trabajada bajo la disciplina artística con la cual se esculpe un haiku.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 15.11.2020

Amor insecto de Cristián Basso Benelli (Santiago, 1976) fue publicado el año pasado (2019) en Buenos Aires, por la editorial Caleta Olivia, casa impresora que se destaca por difundir poesía y narrativa contemporánea.

Esta cuidada edición constituye un gran aporte a la trayectoria del poeta y académico, quien ha publicado, entre otros, volúmenes como Alalia (1994) y Manía de hojas (2009).

Asimismo, Basso fue uno de los responsables de sacar a flote un legado único, que era una deuda para nuestra poesía nacional. La voz del poeta y gran mentor para más de una generación, Samir Nazal, fue hecha libro (con Daniel Pizarro) el año 2019, gracias a la hermosa edición Pastizales del espejismo (Cuarto Propio).

Amor insecto es un bello poemario, trabajado con la disciplina con la que se esculpe un haiku.


Reseña completa en:

https://www.cineyliteratura.cl/resena-amor-insecto-las-dependencias-de-la-afectividad/



23 de octubre de 2020

Pastizales del Espejismo, Obra poética inédita de Samir Nazal




Pastizales del Espejismo

Samir Nazal

Editorial Cuarto Propio

2019

Daniel Pizarro y Cristián Basso (editores)


GENTE SOLA

Samir Nazal

 

La gente que va sola, duerme sola;

el silencio se solaza con ella.

 

A su casa llega sola: no enciende luces.

La sombra osa abrazarla: vecina, se aproxima,

sigilosa: sienta sus blandos huesos

sobre el sofá y rebulle sus rodillas

contra la carne sola. Cruza las manos

la gente sola y accede a su promiscua

sonrisa. A veces, suspira o expectora

brutalmente. Alza la mano remisa

hacia eso.

 

El óleo consagrado de la calle

−consortes espectrales− pluraliza la espera.

Se esfuma el rostro en el espejo, híbrido,

acaso surge. Los retratos acechan

un asequible turno de perfumes.

Refugian los sueños: reflejan flecos,

borlas, tapices, cortinas, balcones,

enredaderas, el esbelto cenit.

 

La espalda de la gente sola es rugosa.

Ancha, comba, recelosa. Muy dura al tacto.

 

La gente sola no muere, queda sola.




Es tiempo de Samir Nazal

 

Íbamos entrando a la calle Nueva York, desde la Alameda, pensando cuán atrasados estábamos en llegar a la Editorial Tiempo Nuevo, cuando Samir se detuvo frente al Bar de la Unión y me dijo:

 

−Aquí siempre viene Jorge Teillier.

 

Algo más cándido que de costumbre, no supe qué responderle. Fue como pasar abruptamente de un estado a otro, en lo voluble de los segundos y en el apremio por llegar pronto a destino. Él, sin pensarlo, se acercó a la puerta, la abrió e inspeccionó el lugar. Su mirada se detuvo con un grito controlado que dirigió hacia mí: “¡Y allí está! ¡Ahí está!”.

 

Situaciones como esta ocurrían con Samir. Lo mágico, lo inesperado y lo poético podían irrumpir a la vez cuando se estaba con él. Nadie que lo haya conocido en profundidad puede sostener lo contrario. Una aventura seguía a otra, una conversación a un silencio reflexivo y de pronto a una carcajada que aturdía el instante, despertando otra vez la charla que podía extenderse incluso hasta el día siguiente, tal era su calidez cuando alguien entraba en su casa y lo conocía.

 

Sin embargo, para cada uno de nosotros existía un Samir diferente: para algunos, era el viejo sabio trasnochador que vociferaba “la fiesta de vivir”, fumaba ansiosamente, bebía pisco solo o vino en caja, reía de buena gana, recordaba, entre sollozos, a los amigos muertos, y preguntaba con verdadero interés por los vivos, a la par que abría páginas de libros para ilustrar la belleza de un párrafo o la fuerza expresiva de un verso que muchas veces a él mismo lo hacía llorar; para otros, era el vendedor de libros que recomendaba un autor desconocido o que el tiempo había dejado en el Purgatorio, es decir, esperando una oportunidad para ser releído, renaciendo en la lectura después de un largo paréntesis de indiferencia. Tras la recomendación, sujeta a las inquietudes del comprador, se sucedía un diálogo del que nacía una amistad entrañable. Otros afirman que era el crítico incorruptible, capaz de no medirse en comentarios reprobatorios o laudatorios ante un texto naciente, sometiéndolo a la poda de la corrección, porque, tal como Samir decía, podía mentir en todo, menos en literatura. Para otros, fue el sustituto de padre ausente, el confidente que aprendía de memoria sus historias personales, de las cuales no olvidaba ningún detalle, incluso habiendo pasado años de la confesión, vivificándolas con una soltura y gracia inigualables. Seguía de cerca las vidas de sus amigos y discípulos. Por esa y otras muchas razones, no era de extrañar que una llamada suya sorprendiera a cualquier hora, acompañada de una invitación o de una escucha que salvara al oyente de un angustioso momento.

 

Fue también consejero amoroso y vocacional. A más de alguno siguió en caprichos y proyectos artísticos, contribuyendo con lucidez y admirable inteligencia creativa, sin mediar reparos, entusiasmado con las nuevas ideas a veces más que el propio interesado. También muchos se conmovieron con su vida, sus categóricos juicios estéticos, políticos y filosóficos, comprobando que en su generosidad de hombre afable y culto habitaba un auténtico artista, cuya claridad mental despejaba dudas, inseguridades y fantasmas. Su compromiso con el otro era total. Repetía en ocasiones que había que “asomarse al pozo del otro”, interesarse por su historia, regresar incluso a su infancia y acogerlo desde la afectividad y la comprensión. Nada más humano que el desprendimiento de Samir y su capacidad de amar a los demás. Para él, que siempre estuvo a favor del reconocimiento de las diferencias de género, las emociones de los demás le eran propias; le provocaban a menudo llanto, júbilo, compasión, preocupación, alarma a ratos, cuando vivir se hacía difícil, alcance que le oíamos justificar parafraseando a partir de la Oda a Walt Whitman de García Lorca: “porque la vida no es ni noble, ni sagrada ni sencilla”.

 

Fue también un fiel “compañero de farras” o, como además lo definió el escritor León Pascal, “almirante vitalicio de la cultura underground santiaguina”, gozador y amante de lo humano. Pero hubo alguno que, sin conocerlo, fabuló samires erróneos para fabular la ambición de su propia obra. Pese a ello, todos forman parte de uno solo, porque la riqueza de un ser humano es prismática, inabordable en un solo boceto.

 

Si tuviera hoy en frente a Samir, aquí, y me preguntara –cosa que dudo− : “A ver, lindura, ¿qué dirías de mí?”, creo que me quedaría en blanco, apenas con un estallido de imágenes, entre las cuales no sabría escoger la primera. Se interpondría la razón, que suele obligarnos a clasificar todo en la tozudez cronológica, tergiversando momentos y declaraciones para lograr la objetividad o la distancia que exigen los incrédulos, amparándose en el falso endiosamiento que nace del impulso emotivo. Quizás me llevaría a los diecisiete años, en 1993, y partiría un relato no exento de cierto tedio, deteniéndome en situaciones que el recuerdo engañoso calificaría como hechos dignos de memoria. Volvería al momento en que le envié con un amigo en común un libro empastado con mis primeros poemas, de letras doradas en la cubierta, escrito completamente en una Underwood de los cuarenta; y partiría, no sin los velos del ego poético adolescente, “un ir y venir de poema inconcluso”. Iría a la fuente, en actitud de ciervo herido, del primer encuentro con el escritor Nazal que, tras su escritorio de ventas en la librería de la galería Venetto de Manuel Montt en la que trabajó unos años, profería juicios severos contra la palabrería que enfermaba a todo poeta joven. En cambio, si dejo atrás la presión del orden lineal del Ab ovo horaciano, intentando captar lo complejo de describirlo, por el rico cromatismo de su personalidad, las palabras podrían ir dando fe de un discurso que, en parte, lo retrataría.

 

Samir hablaba desde el otro, desde aquel o aquella que, por el motivo que fuera, se interponía entre sus ojos verdiclaros, el diván para invitados y la pared de fondo en la que figuraban varias fotografías y escritos de puño y letra que le hacían compañía: una copia del desnudo de Marilyn Monroe eternizado por Keller, un retrato de Rimbaud de 1871, una sonriente Janis Joplin apuntándonos en cada encuentro, diciéndonos “tú y tú, a reír”,  o un retrato del Che Guevara que miraba el collage de enfrente. Las paredes contenían las huellas de sus afectos. Había en ellas manuscritos que declaraban “¡Te quiero Samir!”, “Viejo lindo…”, “¡Viva Samir!”, escritos en la intensidad de la noche o a raíz de la despedida de un entrañable viajero. Se sumaban, además, dibujos suyos de cristos coloridos, fotos de Ramza, de su nieto, sus amigos con edades diversas y un oso de peluche polvoriento que callaba dentro de una caja adosada a la pared y con tristura –expresión muy suya, por lo demás- una infancia presente.

 

Repasaba con cada hijo o hija putativos, fuera o no escritor, la experiencia vital y formadora. Se hacía partícipe de triunfos y fracasos, pero cuando se trataba de él surgía el despiste inmediato o los mitos, retazos de una realidad creada que enriquecía la misma realidad.

 

Visitarlo en su departamento de Toesca, acompañarlo en alguna caminata hacia la plaza Manuel Rodríguez, en el barrio Club Hípico, o llegar hasta el centro de Santiago para participar de alguna presentación de libro, panorama cultural, entrada a un bar o simplemente pasear por las céntricas calles veraniegas daba la sensación de estar hablando o leyendo la vida en algún poema que revivía su privilegiada memoria: cada texto complementaba una situación real, en plena coherencia con el desarrollo de una discusión, en la que a cualquiera hacía sentir que la literatura, más allá de toda incursión crítica, nos acompañaba siempre.

 

“Libre de lo de ayer, jamás haber nacido…” Todavía el recuerdo de su voz profunda recitando este y otros versos de David Rosenmann-Taub tienen plena vigencia para mí. Samir era así en su transparencia poética: compartía preferencias literarias o lecturas del momento como Eliot, Carson Mc Cullers, Houellebecq, Cernuda, Mansfield, Vallejo, Dickinson, Artaud, entre muchos otros, y desde luego la infaltable Mistral. Porque estaba relacionado hasta la médula con un honesto modo de vivir y entender la literatura. Basta revisar esta respuesta que diera a una entrevista realizada por Gustavo del Canto en el diario La Nación, analizando el lenguaje de los jóvenes: “Hay una soltura de lenguaje, una jerga medio obscena, que si bien es parte de nuestra forma de hablar y debe ser utilizada, en estos momentos se ocupa sólo como una forma para llamar la atención. Un pataleo infantil. Cuando este poeta egoísta, individualista y narciso, se asoma a la realidad, sólo puede putearla. Yo no los condeno de ninguna forma. Entiendo que la vida de pronto es tan gris, que es mejor mirar hacia adentro. Sin embargo, creo que no podemos pasarnos todo el tiempo rehuyendo el problema. La literatura es para valientes”.

 

Un verso, para él, alcanzaba su sentido cuando sintonizaba con la vida, sin remilgos, sin afectaciones ni aspavientos intelectuales: “porque viví la vida, no mi vida”, esa era la sentencia de la que debíamos escapar, y asumir que la diversidad define la naturaleza humana y la ennoblece.

 

Como afirmé, para cada visitante, tallerista o escritor nuevo nacía un Samir distinto, aunque todos confluyeran en el mítico personaje que declaraba haber entrado con la Bardot a un teatro en Buenos Aires, o compartido en París inquietudes existencialistas con Sartre, o que tenía hijos con una esposa colombiana. A este respecto, las palabras de Miguel Labarca son certeras e ilustrativas de su juego con lo real: “La novela de Samir fue su vida. Y todos nosotros sus borradores, escuchas y borrones. Samir que me inventó New York y varios hijos; Samir que despertó en Buenos Aires en pelota en un clóset lleno de gente en pelota; Samir que compartió una clase con Cortázar y una ida al teatro con la Bardot; Samir que levitó en su primera comunión; Samir que recuerda una inundación en un pueblo sin río. Samir que alguna vez creyó que yo escribiría algo que valiera la pena”. Lo cierto es que cultivó no solo una imagen mítica con respecto de algunos pasajes de su vida, sino que, en el compromiso que asumía voluntariamente con los demás, compartió una parte suya verdadera, sesgo de su forma de ser atractiva que, desde el primer deslumbramiento, decantaba hacia la confesión de su real experiencia: amores, sufrimientos, soledades, pero sobre todo la alegría de vivir, alejado de las famosas “soberanas latas” que le producían lo majadero y la pedantería.

 

Visionario, lúdico, detallista, hilarante, cercano, incrédulo de las primeras versiones de textos o personas. Inquieto, espontáneo, dignificó el oficio de escritor, le dio cuerpo presente a la entrega total por la escritura. Se mantuvo al margen de la figuración pública, fue generoso con su inteligencia y su palabra, defendió ideales y sufrió con la injusticia, la escasez de oportunidades, las anulaciones del otro y la pobreza de muchos. Se condolió de las víctimas del Golpe Militar, siguió de cerca la postergación y angustia de quienes vivieron con VIH en los noventa; lo enrabió el empoderamiento de la seudocultura manipulada por grupos de poder; se desprendió de partidos y creencias superfluas: optó por la poesía y por lo humano. Logró abstraerse del empobrecimiento de su época, confió en las nuevas generaciones; sobrevivió al suicidio, a la autodestrucción. Concitó a jóvenes, rescató a poetas perdidos. No esperó retribuciones más que un abrazo y una escritura vinculada con la vida. Sin lucimientos, compartió lo que sabía. No publicó, pero tampoco se deshizo de su obra. Estaba allí, manuscrita y mecanografiada, pero estaba ahí, ante nuestros ojos, ante nuestro asombro, nuestra boca en blanco que tardó unos minutos en convencerse de que Samir Nazal no se olvidó de nadie. Su obra inédita parece decirnos: “Aquí estoy yo, no me he marchado”.

 

Cristián Basso Benelli 

Santiago de Chile, enero de 2014.


 



 

26 de julio de 2019

Prende la luz del baño: no hay nadie.

Solo cuerpos anteriores.

La toalla oscurece 

la noche obvia, absorbente, sin tus pies

el suelo vuelve otra vez al suelo.                          

¿Buscas un espejo o la libertad?

Algo nos convence.

La lengua intuye qué lengua hablar.

La humedad silencia nuestros cuerpos.

 

Nada nos ofreció el país: seamos.

 

La mente se quedó en las escaleras.

 

El frío en la cara es el camino de vuelta.


A Susana Coletti




De Amor Insecto (Buenos Aires, 2019

5 de mayo de 2019

Pastizales del espejismo de Samir Nazal se presentó en la sala América de la Biblioteca Nacional de Chile

El viernes 3 de mayo de 2019 se presentó en la sala América de la Biblioteca Nacional Pastizales del espejismo, libro póstumo de Samir Nazal que reúne parte de su obra poética inédita hasta ahora. 

En la presentación intervinieron Marisol Vera, directora de la Editorial de Cuarto Propio, Daniel Pizarro, escritor y editor de la obra, Samir Nazal, sobrino del poeta y escritor, Macarena Urzúa, poeta e investigadora de literatura, Fernando Pérez Villalón, escritor y traductor y Cristián Basso. Al encuentro asistieron  familiares, poetas, escritores, profesores, amigas y amigos de Samir.  Entre ellos, Manuel Peña Muñoz, Rafael Rubio, Daniel Plaza, Macarena García, Miguel Labarca, Pablo Barceló y Alejandra Vega.

El libro ya se encuentra en librerías.






29 de abril de 2019

AMOR INSECTO en la Feria del Libro de Buenos Aires 2019





(Editorial Caleta Olivia, Buenos Aires, 2019, 128 páginas)
Poemas reversionados e inéditos
STAND 427
FERIA DEL LIBRO DE Buenos Aires
FILBA 2019

Amor insecto es el resultado de una particular visión poética que, a la manera del suspense, mantiene en vilo la atención lectora, siempre a la espera de un desenlace riesgoso que surge de un hecho o de una experiencia emocional que bien puede ser nuestra. La vitalidad de los poemas de este valioso libro provoca efectos inquietantes, similares a imágenes rodadas en ocho milímetros: comenzamos por leer para luego ver, oír, sentir e involucrarnos con la corriente interna que los originó.

Nadine Alemán

"Este libro es una fiesta abierta al goce, al dolor, a la reflexión, a la llamada del destino y a la acción. De riquezas abundantes, de música variada, produce la impresión de una fiesta ceremonial y ritual, una fiesta abierta a lo profano y a lo sagrado, a la oración y al frenesí. En él los seres son más humanos, complejos, destructores; pero, en esencia, inocentes".

Samir Nazal

“Talento y limpieza. En Cristián Basso Benelli son evidentes el deseo de expandirse para alcanzar la totalidad de su propio centro y el esfuerzo por librarse de convenciones".

David Rosenmann-Taub

15 de marzo de 2019

PASTIZALES DEL ESPEJISMO de Samir Nazal

Con gran emoción, les comparto la noticia de la primera publicación que existe , hasta ahora, de la obra literaria de Samir Nazal (1930-2008), cuya primera entrega se trata de una compilación de parte de su obra poética: Pastizales del Espejismo (Editorial Cuarto Propio, 2019). En la edición trabajamos junto el escritor Daniel Pizarro Herrmann desde 2008.


Agradezco a todas y a todos quienes contribuyeron a que haya sido posible que contemos con este tesoro literario. 


10 de septiembre de 2018

Obra poética inédita de Samir Nazal será publicada en Chile


Publicación de una obra poética por mucho tiempo esperada

Samir Nazal Chuaqui nació en la ciudad de Limache, Chile,  el 23 de marzo de 1930. Hijo de inmigrantes árabes, a temprana edad se trasladó junto con  su familia al barrio Patronato, donde residió hasta bien entrados los años ochenta. Antes de cumplir los diez años, enfrentó el suicidio de su madre, tragedia que marcó en él una huella indeleble y de alcances insospechados.

Las aulas del liceo Valentín Letelier acogieron su vida escolar. Sus capacidades intelectuales, su alegría, su espíritu libertario y su sensibilidad lo hicieron destacar entre sus pares. En 1947, ingresó a la escuela de Derecho de la Universidad de Chile, institución en que cursó la carrera en forma brillante hasta egresar. Desistió, sin embargo, de presentar la memoria que le hubiera otorgado el título de abogado, pues lo suyo fue siempre la literatura. 

Aunque por varios años se desempeñó como profesor de Castellano en diferentes instituciones, la enseñanza de la literatura, impartida a través de talleres a los que asistieron varias generaciones de jóvenes escritores, fue lo que le otorgó la merecida fama en el arte de la palabra, además de su oficio como crítico literario, guionista y actor esporádico en documentales de artistas jóvenes chilenos. Entre sus amigos de generación, se cuenta a Armando Uribe, Alberto Rubio, Jorge Edwards y David Rosenmann-Taub.

Lector empedernido desde la infancia, su propia existencia fue adquiriendo con el correr del tiempo una especie de textura novelesca donde fantasía y realidad se amalgamaron hasta extremos indescifrables.

Su repentina muerte lo encontró solo en el antiguo departamento de calle Toesca, lugar donde impartía sus talleres. Murió una oscura y lluviosa tarde de junio a los setenta y ocho años de edad, rodeado de una amplia colección de libros, pinturas, retratos y textos inéditos de su autoría. De entre ellos, se desprende el impresionante legado que contendrán las páginas de la primera compilación de su obra poética que se publicará prontamente en Santiago de Chile.

La edición estuvo a cargo del poeta y académico UMCE Cristián Basso y el escritor Daniel Pizarro, con epílogo de Francisco Leal, poeta y profesor de la Universidad de Colorado, Estados Unidos .

Imagen: Junto con Samir Nazal (Plaza Manuel Rodríguez, Santiago, 1993)

16 de diciembre de 2015

Una carta muy cierta: profesora española responde críticas al profesorado en El País (España)

La siguiente carta bien puede replicarse a la realidad del profesorado de cualquier país:


CARTAS Al DIRECTOR


Superpoderes


Soy profesora y me molesta que solo se hable de la educación, para ganar votos, cada cuatro años. El Libro Blanco es un asunto político, no es la solución a los problemas de la enseñanza pública. Es cierto que el profesorado debe ser competente para realizar su trabajo, como cualquier otro colectivo profesional, pero no leo en ningún medio que para recuperar la calidad de la enseñanza hay que dejar de pedir al profesorado que ejerza de psicólogo, de padre, de juez, de policía y de asistente social. Para eso no prepara ninguna universidad, por larga que sea la formación, porque ser docente en la pública significa tener superpoderes. Conozco los sistemas educativos de muchos países europeos y lo que se le pide al profesorado en España es impensable en el resto. El profesor debe ser una persona preparada para impartir la materia en la que se ha especializado. El resto de las tareas que nos han encomendado dificultan la nuestra. Llevamos años reparando los daños que los políticos ocasionan con sus recortes y su desinterés por la enseñanza pública, y se permiten el lujo de criticarnos.— Rosa Santa Daría Hernández.

 Ingenio, Las Palmas (Gran Canaria) 15 DIC 2015 - 00:00 CET
Citado del Diario El País, España. Disponible en:

http://elpais.com/elpais/2015/12/14/opinion/1450117488_743451.html

11 de diciembre de 2015

El grito y la muerte en un amor insecto: crítica de Luis Valenzuela en Sobrelibros.cl

Precisamente hoy, 11 de diciembre, se cumplen 12 años de la presentación de El amor insecto en la Sala Ercilla de la Biblioteca Nacional. Para recordarlo, transcribo la crítica del escritor y académico Luis Valenzuela Prado, que apareció en el sitio web www.sobrelibros.cl :




La poesía nunca abandona al amor, nunca lo aparta a un lado ya que este es un motor que lleva arraigado eternamente; pero sea cual sea la forma de enfrentarlo nunca lo comprende a cabalidad. Así, los intentos son disímiles y la poesía de El amor insecto deCristián Basso (1976) de ningún modo es la del amor cursi ni la del violento que aspira a destruir ese otro que se busca, aunque a veces se acerca, cuando la situación del hablante es de ira, pese a que no la dirige a su otro. Este hablante vive un proceso de metamorfosis en el que va recorriendo una realidad compleja y a veces inteligible, que le permite ver el amor desde la cólera, el grito, la fiebre, el naufragio. Si algo se puede decir de esta poesía es que se grita, y ese grito en repetidas ocasiones se escucha y se percibe.
        En cada una de las tres partes, el libro se recubre de imágenes revueltas que ofrecen bosquejos del escenario que ocupa el pequeño hablante, el cual no se configura con mermas producidas por el amor o debilidades que lo hagan frágil; por el contrario, en ocasiones lo hace enajenado, lanzando aullidos, ladridos, poesía con la fuerza y el padecimiento de quien está siendo el insecto amante. Esto, sobre todo en los primeros versos, se aprecia en esa actitud agresiva que se vale de un lenguaje desafiante que intenta imponer los términos con los cuales desea instalarse: "Toma la cólera reptil que te envenena/ Abre los cofres para días funerales". La cólera será el arrebato, la ira, el furor, instando al otro para que hiera: "clava astillas en la sed antigua". La herida no está, aunque la pidan, la griten. En este comienzo de versos breves, el hablante suelta gemidos: "En la boca,/ perfume de horror". Recuerdo a De Rokha por esa fuerza y esa prosa poética dura y difícil de masticar, que más adelante surge en este poemario, sin embargo, más ligera, fragmentada y a la vez distante de una poética de mensaje explícito. Por el contrario, repito, este poemario se recubre de imágenes revueltas y, agrego, el arrebato del hablante es temple y potencia por medio del verso.
        Es difícil abordar El amor insecto, hay que repasarlo una, dos y tres veces. Se transforma en un desafío enfrentar cada imagen presente -"Abiertas, las pesadumbres/ crepitan"-, sin que éstas sean demasiado explícitas y caigan en la adjetivación barata para crear oscuridad (el efecto opuesto al florecimiento) mediante el grito, la imagen lúgubre, el mandato, el insecto -el sujeto diezmado- o su entorno: la marea, la lluvia, el vacío. Se vale para esto de una mezcla de versos blancos y libres, breves y extensos, de prosa poética y sonetos, lo que a la larga imprime ritmo y fuerza a los textos.
        No hay rutina en los versos de este poemario, digo, no hay relato de secuencias lógicas de imágenes concretas. No es una poesía de lo cotidiano. En la segunda parte del poemario la muerte se hace presente, uno que otro verso se reconoce en un símil de otras poesías, como este que se asemeja a La muerte está sentada a los pies de mi cama, de Óscar Hahn: "A mi alrededor la muerte cosía/ mis costras para hacerse un abrigo, guiñaba un ojo a un ave de rapiña". Esta presencia de la muerte permite un paisaje, más denso y oscuro: "A mi morada le nacieron monstruos". De esta manera, la muerte se cruza con el amor y con el grito encolerizado, furioso, del hablante, sin que este se debilite. Si algo se le puede pedir a la poesía es que se sienta, y esta responde de manera muy sólida frente a esa petición.


EL AMOR INSECTO. Cristián Basso. RIL Editores. Santiago, 2003. 117 páginas.


"Al salir del metro", un poema de «Ser a la vez el pez y la pecera»

Al salir del metro, me liberó verlo, combiné infrarrojos, acercamos límites. Lo seguí. Fue perfecto perderlo de pronto en el lapso que tardé...