9 de octubre de 2006

Alejandro Benelli Bolívar, el regreso de un gran filólogo



Historia familiar y herencia cultural


Me parecen vivas las palabras lejanas de mi tía Cora, hablándome de Alejandro Benelli, nuestro tío-abuelo que murió a mediados de la década de los 50 y que, tras un tiempo de soledad y abandono, pudo concluir en el monasterio de las monjas clarisas de Av. Matta su legado escritural sobre toponimia aborigen. Me parecen vivas esas palabras porque recién empieza el trayecto suyo hacia el verdadero reconocimiento. Quedaron muy lejos aquellos que olvidaron el nombre de Alejandro Benelli; se allegaron al olvido como muchos. Pero ha llegado el tiempo de reecnontrarnos con su obra investigativa, sus estudios linguísticos, su paso más que profundo por la toponimia aborigen, por su citado tomo "Bibliografía General de Benjamín Vicuña Mackenna" que sigue vendiéndose a través de la web y que completó y editó en 1943 con el apoyo de la Universidad de Chile y de su gran amigo Orrego Luco, quien lo instó a investigar durante años temas tan variados como el folclore, la historia de Chile y los devenires de la lengua que hablamos en el país.


Como un adelanto de sus estudios linguísticos escritos en los inicios de los 40, les doy a conocer parte de su artículo "Chile, origen etimológico" que será parte de un libro en el que trabajo, recopilatorio de los que se ha podido rescatar de su obra hasta hoy no reeditada. Es una manera de partir acompañado este nuevo espacio en internet, de revitalizarlo con las palabras de uno de los más preciados afectos de mi historia.



Chile: origen etimológico[1]

Por Alejandro Benelli Bolívar

El presente es un estudio sucinto, hecho por un hombre que se ha dedicado la mayor parte de su vida a los problemas de lingüística, folklore y disciplinas similares. Alejandro Benelli Bolívar es autor de la Bibliografía General de Benjamín Vicuña Mackenna (Universidad de Chile, 1943) y de otras obras de espacial valor bibliográfico.
[2]

Para elaborar con buen fruto un estudio crítico de la naturaleza de éste que nos ocupa, se requiere una atenta, intensa y científica preparación de los elementos que deben contribuir al esclarecimiento de los varios puntos tanto históricos como filológico-etimológicos que la materia de este estudio necesita para intentar la solución de este problema nacional.

La historia de Chile, cuanto la del Perú y de la República Argentina, han debido ser consultadas prolijamente en su parte histórico-geográfica de la sección prehistórica hasta que se dieron los pasos iniciales de su respectiva independencia nacional.

Con esa mágica linterna en mano, nos hemos introducido por los intrincados, torcidos y oscuros senderos de la etimología de esta parte de la América del Sur; pero bien premunidos de los materiales indispensables para esta clase de investigaciones como lo es la filología, en los necesarios estudios lingüísticos aborígenes de estas tres naciones.

Con el estudio de estas tres lenguas, amén de otras derivadas o trabadas con ella, y con el auxilio de la historia, hemos investigado lo pertinente a las civilizaciones aborígenes de Arica, Tarapacá, Atacama: charcas, chichas, diaguitas, calchaquíes y “tucman” o tucumanos que, debemos confesar, han sido el punto básico para vislumbrar, a su luz, el principal fundamento de la solución del problema que ha motivado este arduo y difícil estudio crítico.

La historia nos habló de migraciones del conglomerado de los distintos pueblos que habitaban las varias regiones de los tres países; nos demostró sus descubrimientos arqueológicos; nos patentizó su etnología; y luego auxiliados por la filología hubimos de ver y comprender esa Babel del laberinto idiomático que forman y amalgaman el sinnúmero de pueblos, cada uno con su dialecto.

De entre las lenguas, hubimos de seleccionar tres que creímos las necesarias y convenientes para nuestro objeto; y ellas son: la quechua (idioma general oficial del Perú); la aymara (idioma dominante de la civilización tarapaqueña, atacameña, diaguita y tucumana), y la araucana, como idioma de nuestra de nuestra casa.

Como se puede ver, la labor no era ni tan sencilla ni tan pequeña, pero –como ya lo dijimos-, habíamos elaborado un plan de estudio. En este plan figuraba el conocimiento indispensable de las lenguas que fuera necesario estudiar del conjunto de idiomas aborígenes.

En el cuerpo mismo de este estudio crítico, hemos hecho presente que sería inútil trabajo tratar de solucionar este problema etimológico si no se traba a base de tres puntos: estudio de las civilizaciones vecinas al territorio chileno, estudio filológico de las matrices de esas lenguas aborígenes y estudio de la etimología del vocablo en la forma indicada.

Por la falta de estos requisitos han fracasado todos los que intentaron dar solución a este difícil e interesante problema etimológico.

La materia la hemos ampliamente consultado en la fuente de todos los historiadores y cronistas españoles, peruanos, argentinos como chilenos.

Hemos tenido a la vista las relaciones de los que han tratado de resolver este problema etimológico tanto de los escritores españoles, peruanos y chilenos de la era colonial, como de posmodernos extranjeros y chilenos; y tenemos el agrado de dejar constancia de que don Miguel Luis Amunátegui Aldunate es el único que más se acerca a la satisfactoria solución del problema.

Y en su honor debemos decir que, dado lo desconocido que era en su tiempo, lo que dice relación con las civilizaciones aborígenes vecinas a nosotros que los estudios de la lengua araucana eran por demás deficientes y con muchos errores. El señor Amunátegui hubo de proceder más por inteligente inducción que por razonamiento a la vista de las pruebas que habían aportado para su estudio estos conocimientos tan indispensables para la solución del problema.



Como se puede ver, en el curso de este estudio analítico-crítico hay descripciones, hipótesis que se adelantan, pruebas que se aducen, vocablos que se interpretan, análisis que se avanzan y motivos tan folklóricos que parecen cuentos para niños (¡Es cosa que maravilla!).

Y son escritores de talento y gran valía como Briceño, Medina y otros, y son sabios y filólogos de primera fila como el Dr. Lenz; y son inteligentes y laboriosos investigadores de lenguas aborígenes y de etimología como Cañas Pinochet, y otros, y así todos y de todos sólo uno, uno sólo, es el que da en quid, aunque algo incompleto, en la solución del que a la simple vista parece sencillo y fácil problema.

Como se puede ver en el curso de este estudio, los antiguos autores de gramática araucana dejan de manifiesto las incorrectas construcciones de vocablos del idioma (así lo presenta Febrés) ¿Nombraremos a los que no son autores? Todos, menos uno; todos escriben o interpretan mal los vocablos indígenas (lo que ha dado motivo para que al final de este trabajo demos una lista de los vocablos aborígenes que intervienen en este estudio en forma correcta e incorrecta con su respectivo significado y aplicación). ¿Y esto por qué? Porque no se conoció la lengua o se la miró innecesariamente para el caso: de ahí el fracaso de la obra ejecutada por carecer de este necesario elemento para obtener el éxito de la solución buscada.

La historia del origen etimológico del nombre de Chile es lacónica; y más que lacónica es vaga y contradictoria. Los autores se contradicen unos a otros en más de un punto de esta materia: la lógica del raciocinio de unos resulta un disparate cronológico o de otra materia, con el raciocinio de otros. Así, por ejemplo, el abate Molina dice: “Muchos años antes de que los españoles conquistaran Chile, tenía este reino el nombre con que se le conoce”, etc.

Varios dicen que el nombre de Chile no era Chilli (información ilegible en el original. Faltan dos líneas), sino que aludía al valle que riega el río Aconcagua, que también se llamaba Chill (lo que dicen éstos es verdad); otros dicen que el nombre ya castellanizado de Chile se lo dieron los conquistadores que vinieron con Almagro; y ésta es también verdad.

Pero otros la contradicen, y para ello aducen razones de ningún valor ni etimológico ni filológico, y con la historia en contradicción, o sea los historiadores.





Conclusiones

Primero, la vecindad de los autores del vocablo que es Chilli , y que se usó para denominar el valle de Concumicahua (Hoy Aconcagua. abundancia de paja y totora).

Segundo, que con ese vocablo sólo se nombraba a ese valle y río, y no era, por lo tanto, genérico de todo el territorio.

Tercero, que la paternidad del vocablo le corresponde, sin lugar a dudas, al idioma aymara, lengua que hablaron atacameños y tucumanos, próximos vecinos de Concumicahua.

Cuarto, que el significado del vocablo es “lo más hondo de la tierra y el confín lejano”, y que en aymara se dice Chilli.

Quinto, que los araucanos en sus tratos de comercio con los tucumanos aprendieron a decir Chilli-mapu y Chilli-duga. Pero con el bien entendido de que este vocablo sólo lo vinieron a poner en práctica cuando el Padre Luis de Valdivia les enseñó gramática.

Sexto, que resulta ridículo suponer que el nombre de Chile se derive del sonido que produce el canto del pajarillo Till, como también resulta inverosímil el que se derive del nombre de un cacique famoso del valle de Aconcagua, que dicen se llamaba Till, Thili o Chill. Esto es falso o fantasía. La historia no dice ni una palabra del famoso cacique y si nombra a otros que aparecen sin alardes ni bombos como le suponen al presunto Till.

Séptimo, que en sus Comentarios reales de Garcilaso de la Vega el Incada el relato de los embajadores que enviaron al Ynca Viracocha los de Tucumán; y que de ese relato se desprende evidentemente la paternidad y lengua del vocablo Chilli.

Octavo, que la castellanización de Chilli en Chile se debe a Diego de Almagro y a sus compañeros que lo hicieron cuando en 1536 llegaron al Valle de Chilli en son de conquista.

En el cuerpo de este estudio crítico se encontrarán más detalles de los 8 puntos de prueba que dejamos anotados. Análisis crítico que de los autores hemos efectuado de sus respectivos estudios de esta materia.

Sólo nos resta decir que nada hemos realizado que no esté compulsado o verificado sobre base histórico-etimológico-filológica.

No hemos omitido sacrificio alguno, a fin de entregar a los amantes y estudioso de estas interesantes materias un trabajo bien acabado y verídico.

[1] El artículo que aquí transcribo es copia fiel del microfilm que se encuentra en la Biblioteca Nacional, publicado en septiembre de 1942 en el primer número de la Revista Millantún de la FECH, y que leí y transcribí el 09 de abril de 2008. Alejandro Benelli figura junto a Andrés Sabella, Samuel Lillo, Luis Durand, Ambrosio Rabanales, Alonso Reyes y José Miguel Vicuña como uno de sus colaboradores permanentes. Alejandro Benelli Bolívar editó alrededor de 10 artículos sobre etimología aborigen durante todo el año de 1943 en la misma revista. (Cristián Basso Benelli)
[2] Nota de los editores de la Revista Millantún.

Queridos amigos y amigas:

A contar de este mes, éste será el espacio que destinaré para compartir con ustedes noticias y textos literarios. Pronto estará actualizado.

C.B.B.

2 comentarios:

profesora dijo...

Bien Cristián,me alegro que ya tengas dos espacios para mostrar toda tu poesía,tu experiencia.Veo que no olvidas los inicios por estas lides.
Te quiere
Ximena

mi nombre es Alma dijo...

Vengo de unas mini vacaciones y veo que tengo mucho que leer. Me alegra esta actividad tuya en el blog. Sigo leyendo.

Un abrazo